
La luz de la mañana se colaba entre las cortinas, suave, silenciosa, y se posaba sobre su piel blanca, aterciopelada, casi translúcida, mientras sus pendientes desprendían leves destellos que se reflejaban en las sedas malvas del edredón.
Contemplarla era un espectáculo, un placer que él saboreaba como si se tratara de un manjar exquisito.
No podía dejar de mirarla.
-Así estás perfecta, no te muevas – dijo mientras agarraba uno de sus pinceles.
Ella sonrió girando levemente la cabeza para volver a la postura original y quedarse allí, recostada e inmóvil
Cada pincelada era para él como una caricia, como si cada una de las cerdas de su pincel fueran sus dedos. Casi podía sentir el vello de ella erizándose al deslizar el pincel por el lienzo.
Mientras perfilaba aquellas curvas perfectas sentía cómo deseaba a aquella mujer, a su mujer. Aquellas caderas, su minúscula cintura, sus piernas interminables, su nuca.
El sol estaba cada vez más alto y empezó a deslumbrarle.
-Lo dejamos por hoy Clotilde.
Ella se giró y sonrió. Se recostó sobre la cama y le dijo casi en susurros –Anda, ven-.
Quién podría resistirse a aquella piel bajo el sol de la mañana, sobre las sedas malvas.
Contemplarla era un espectáculo, un placer que él saboreaba como si se tratara de un manjar exquisito.
No podía dejar de mirarla.
-Así estás perfecta, no te muevas – dijo mientras agarraba uno de sus pinceles.
Ella sonrió girando levemente la cabeza para volver a la postura original y quedarse allí, recostada e inmóvil
Cada pincelada era para él como una caricia, como si cada una de las cerdas de su pincel fueran sus dedos. Casi podía sentir el vello de ella erizándose al deslizar el pincel por el lienzo.
Mientras perfilaba aquellas curvas perfectas sentía cómo deseaba a aquella mujer, a su mujer. Aquellas caderas, su minúscula cintura, sus piernas interminables, su nuca.
El sol estaba cada vez más alto y empezó a deslumbrarle.
-Lo dejamos por hoy Clotilde.
Ella se giró y sonrió. Se recostó sobre la cama y le dijo casi en susurros –Anda, ven-.
Quién podría resistirse a aquella piel bajo el sol de la mañana, sobre las sedas malvas.
Hace poco pude contemplar un maravilloso cuadro de Sorolla, un desnudo de su mujer, que era además un homenaje a la Venus del espejo de Velásquez.
El cuadro me impactó por su belleza, delicadeza, por su luz, por supuesto y porque se podía ver el amor que profería Sorolla a su mujer.
Y envidié a Clotilde.Juzguen por sí mismos.